INNOVACIÓN EDUCATIVA FRENTE AL CANSANCIO DOCENTE
Si hoy entramos en las redes sociales educativas parece que innovar es algo sencillo. Proyectos creativos, aulas flexibles, aprendizaje cooperativo, metodologías activas... Todo parece dinámico y motivador.
Pero, ¿cómo se siente realmente el profesorado dentro de todo esto?
Desde mi punto de vista, creo que existe una especie de presión hacia la innovación constante. Parece que un buen docente tiene que reinventarse continuamente, diseñar actividades espectaculares, dominar los recursos digitales y mantener siempre al alumnado motivado. Aunque pienso que estas metodologías son muy importantes y aportan cosas muy valiosas, a veces me parece que se habla poco del desgaste que puede haber detrás.
Es un tema que me preocupa un poco porque, desde fuera, la innovación educativa suele presentarse como algo casi obligatorio moralmente: si innovas, eres un docente comprometido; si no lo haces, parece que te has quedado atrás. Considero y me parece que la realidad educativa es mucho más compleja.
Creo que todos los centros no tienen los mismos recursos, no todos los profesores tienen tiempo suficiente, no todos los alumnos responden igual y no todo lo innovador funciona automáticamente mejor.
Pienso que uno de los riesgos actuales es convertir la innovación en una especie de escaparate pedagógico. Actividades que visualmente son atractivas y que en ocasiones generan más impacto en Instagram que en el aprendizaje de los alumnos.
Esto no significa que rechace las metodologías activas, para nada. Al contrario, creo que tienen muchísimo potencial. El problema aparece cuando nos olvidamos de que detrás de cualquier cambio educativo hay personas concretas sosteniéndolo emocionalmente.
Si nos fijamos en Senge, cuando habla de las organizaciones que aprenden, insiste en que el aprendizaje colectivo no depende solo de ideas nuevas, sino también de las condiciones humanas que permiten sostenerlas. Una escuela no mejora solamente porque incorpore metodologías innovadores; mejora cuando existe colaboración real, reflexión compartida y bienestar profesional.
También pienso mucho en algo que creo que no se menciona suficiente: el cansancio emocional docente. Gestionar grupos, atender a la diversidad, resolver conflictos, adaptar materiales, coordinarse con familias, burocracia, evaluación... Todo eso ocurre al mismo tiempo y a veces da la impresión de que la conversación educativa olvida esa parte invisible del trabajo.
Quizá por eso me interesa una idea menos espectacular de innovación; me llama más la atención una innovación más humana y preocupada por construir contextos donde aprender y enseñar sea sostenible. Porque al final ninguna metodología funciona si quienes la llevan a cabo están agotados.
Creo que como futura docente y pedagoga necesito recordar que cuidar la educación también implica cuidar a quienes educan.


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